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Un niño de 3 años sabe muchas cosas


Que el sol es de fuego, que la Luna queda lejos. Todavía no distingue a quién quiere embaucarlo. Pero denle tiempo, porque el niño sabe. Por Josefina Licitra.

12:05 |
Josefina Licitra
27.08.2008

Sabe que hay animales que comen plantas y otros que comen carne, y que los elefantes –aunque no comen carne– son peligrosos porque pueden pisotearte sin querer: una forma de enterarte de que los buenos también son capaces de hacer daño.

Sabe que su color preferido es el rojo, que preferido es igual que favorito, y que favorito es lo que más les gusta a las personas sobre la faz de la tierra. Le enseñaron que vive en el planeta Tierra, en el país Argentina, en la calle Ramón Falcón.

Que las calles se cruzan cuando enciende el color verde y que adentro de los autos hay que usar el cinturón. Cuando pasa por su esquina, un niño de tres años es capaz de distinguir a un policía de una puta: la puta tiene tetas grandes y sonríe cuando el niño la saluda. El policía, bueno, el policía sólo hace caritas en las propagandas sobre el tránsito: sabe entonces un niño, a los tres años, que lo que dice la tele puede no ser cierto y que mirar la tele es, en última instancia, un ejercicio de fe. Uno elige en qué creer y entonces él confía en la existencia de Pucca, Kung Fu Panda, los Backyardigans y Marcelo Tinelli.

Después de confiar, pide productos. Y entiende, o al menos va entendiendo, que el precio de tener algún juguete suele ser perversamente alto: los juguetes se compran con dinero, el dinero se compra con trabajo de sus padres y el trabajo significa que ese niño, durante varias horas, a lo largo de muchos días, está sin sus papás. Así aprende el niño que la felicidad se paga. Pero aprende, antes que nada, que a veces es buen negocio pagarla.

Un niño de tres años percibe que las personas y los animales mueren. No queda claro cómo es que lo advierte porque los padres se empeñan en mentirle, pero él un día se tira al piso y grita “me morí”, y con sólo gritarlo está diciendo que él sabe, o presiente, que hay cosas que los padres le ocultan.

Sabe que el sol es de fuego, que la Luna queda lejos y que hay lugares a los que nunca se llega.

A los tres años, un niño tiene claro que no quiere ser viejito. Quiere ser grande pero no viejito, porque los viejitos se ven –el niño se encorva– así. Y nadie, ni siquiera un niño –sobre todo un niño– quiere verse así.

También sabe que hay otros niños que mueren. Una vez, por descuido, vio la imagen de una criatura ensangrentada por las bombas y sus padres apagaron la pantalla, pero ya era tarde: la imagen para siempre, en la pupila del niño.

–El nene estaba dormido –mintió la madre.
–No. Estaba muerto –dijo el niño.

Un niño a los tres años sabe decir “está muerto” aunque no sepa qué es la muerte. Como los adultos, como todos los que estamos vivos.

Hay, por otro lado, cosas que un niño, a los tres años, no sabe. No sabe decir “creo en Dios” porque ni siquiera sabe decir “Dios”.

No le contaron que en las reuniones sociales hay que deslizar que se leyó a Houellebecq. No tiene idea de cómo se hacen los bebés –y menos de por qué–, y tampoco sospecha que su mamá lloró en la ducha el día de su tercer cumpleaños: un llanto de felicidad, que no es otra cosa que la cara más amable de la desesperación.

No sabe fingir, un niño de tres años. No le sale la impostura y las mentiras se le vuelven carteles en los ojos.

Tampoco intuye que la mayor parte de las propagandas, las revistas, los programas infantiles y los espectáculos de las vacaciones de invierno lo trataron y lo tratan como si él fuera eso: un exhibidor de carteles, alguien que no sabe. Una criatura que sólo tiene cabeza para elegir –como muestra Territorio Kids: el primer blog creado por el marketing para saber qué colocarle a qué niño– si son mejores las Barbies o las Bratz, o si es preferible el batido Chocolek con gusto a vainilla o con gusto a galleta.

El niño todavía no sabe distinguir quiénes quieren embaucarlo y quiénes no.

Pero denle tiempo, porque el niño sabe mucho.

Sabe, por ejemplo, que se llama Joaquín. Y saber su nombre, a esta altura, es más importante que saberlo todo.

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